Una luz en la oscuridad

By on December 14, 2012

Reflexiones

London, ON.- La condición del corazón humano es una cruda realidad. Sería ingenuo tratar de negar o de atenuar esta verdad. Muchas personas se han lanzado a analizarlo, pero cuando creían que lo conocían, se encontraron de pronto lanzadas a nuevas profundidades. Un inspirado escritor afirmaba: “El corazón del hombre es por naturaleza frío, oscuro y carece de amor” (El discurso maestro, página 23).

Eso explica por qué con frecuencia es tan duro e inclemente. A veces parece como si en el pecho en lugar de corazón el hombre tuviera una piedra. Actúa como si en él se hubieran secado las fuentes de la misericordia, de la compasión y de la clemencia. Vive únicamente para su propio egoísmo, para su propio beneficio, y a su juicio carece de importancia cualquier cosa que no le produzca ventajas. En su ruda gramática existe sólo el posesivo mío. Y es capaz de sacrificarlo todo ante el altar del propio egoísmo. Cuando Nerón pudo dar rienda suelta a sus impulsos, no vaciló en sacrificar a su propia madre, que aunque era Agripina, era, sin embargo, su madre. Sacrificó a su esposa Octavia, sacrificó a su hermano Británico, sacrificó a muchos a quienes antes había llamado amigos. Llenó muchos circos, el de Roma entre ellos, de cristianos mártires cuyo único delito era su fidelidad al Nazareno. ¡Cuántos nerones hay que en la medida en que se los permiten las circunstancias y el miedo a las consecuencias, manifiestan el mismo espíritu y obran de la misma manera!

¿Es que ha desaparecido la misericordia del corazón humano? ¿Es que la compasión ha venido a ser una palabra carente de significado? ¿Es que la clemencia y la consideración y el espíritu de solidaridad y el amor fraternal han desaparecido?

Muchos se han alejado de la fuente de la clemencia, de la misericordia y de la tolerancia. Se han alejado de Dios y su corazón se ha convertido en una cantera que sólo produce piedras.

Cuando el Éxodo se proclama la gloria del Señor, dice: Jehová, Jehová, fuerte, misericordioso, y piadoso; tardo para la ira, y grande en benignidad y verdad, que guarda la misericordia en millares (Éxodo 34:6, 7).

¡Cuán agradecidos debiéramos estar por la misericordia de Dios y por su piedad hacia nosotros! Si él nos tratara conforme a nuestros merecimientos, ¿habría una esperanza de bienestar o de salvación para nosotros? Ninguna, porque si se trata de merecimientos, ¿qué podemos pretender? Todo lo que el Señor nos da lo recibimos porque él es bueno, porque se compadece de nuestras necesidades, porque se apiada de nuestros sufrimientos, porque desea facilitarnos la posibilidad de que podamos librarnos de nuestro pecado.

El Todopoderoso quiere nuestro bien. Y para que nuestra salvación pudiera estar al alcance de cada una de sus criaturas humanas, permitió que su propio Hijo viniera a esta tierra, tomara nuestra naturaleza enferma y pecaminosa, y muriera por nosotros en la cruz del Gólgota. Así, por el sendero de la cruz el hombre podía volver al Todopoderoso, y restablecer la comunicación con su Creador.

Sí, amigo mío, es tiempo de que nos convenzamos que Dios no ha escatimado ningún esfuerzo para que nuestro corazón se ablande y sensibilice. La misma autora que citamos hace unos instantes, afirma: “Dios mismo es la fuente de toda misericordia. Se llama misericordioso y piadoso. No nos trata según lo merecemos. No nos pregunta si somos dignos de su amor; simplemente derrama sobre nosotros las riquezas de su amor para hacernos dignos. No es vengativo. No quiere castigar, sino redimir. Aun la severidad que se ve en sus providencias se manifiesta para salvar a los descarriados. Ansía intensamente aliviar los pesares del hombre y ungir sus heridas con su bálsamo. Es verdad que  de ningún modo tendrá por inocente al malvado, pero quiere quitarle su culpabilidad” (Id, página 23).

Se dice que en la antigüedad, cuando Alejandro Magno sitiaba una ciudad, por la noche hacía colocar una luz en algún lugar de su campamento. Los que mientras esa luz estaba encendida, iban a él en busca de clemencia, alcanzaban misericordia. Los que no lo hacían, se exponían a ser destruídos cuando por fin se tomaba la ciudad.

Amigo que me escuchas, la luz del Todopoderoso está encendida siempre. Por eso dijo Jesús: “Yo soy la luz del mundo: el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (San Juan 8:12). Déjala brillar amiga, amigo mío, que brille en tu corazón.

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