Una cita con Dios

By on January 17, 2014

LA BIBLIA Y TU CORAZÓN 

Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida (Proverbios 4: 23). 

Su tamaño no excede al de un puño cerrado, pero cada día trabaja lo suficiente como para levantar a un hombre de 75 kilogramos de peso a una altura de 280 metros.  Nos referimos al corazón, ese órgano vital, tremendamente resistente pero también vulnerable a la enfermedad más común de nuestra época: la arterioesclerosis. ¿En qué consiste este mal? ¿Es factible evitarlo? ¿Cómo puede uno cuidar su corazón?

A un ritmo promedio de 72 pulsaciones por minuto, el corazón late durante toda la vida, reposando sólo una fracción de segundo después de cada latido.  Impulsa diariamente 11.500 litros de sangre, y cuando late rápidamente, acorta su período de descanso pero no de latido.  Su actividad y resistencia son extraordinarias en verdad; sin embargo, esto no quita que justamente las enfermedades que lo afectan sean las que encabezan la lista de las causas de todas las defunciones.  La arterioesclerosis es llamada “la enfermedad de todos”; y lo paradójico es que podría evitarse o al menos retardar su proceso, pues no la ocasionan agentes infecciosos sino los depósitos de grasa en las arterias que conducen la sangre.

Es interesante notar que 3. 500 años antes de que la ciencia lo aconsejara, Dios había ordenado así a Moisés: “La grosura de animal… se dispondrá para cualquier otro uso, mas no la comeréis” (Levítico 7: 24).   Por lo demás, la Biblia también amonesta contra la glotonería y la intemperancia: principales causantes de la obesidad.  Y en cuanto a las tensiones, da el único remedio eficaz; “Tened fe en Dios” (S. Marcos 11: 22).

La ciencia descubre y aconseja hoy, lo que la Biblia ya entregaba miles de años antes.  En lo físico como en lo espiritual, la advertencia sigue siendo oportuna: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Proverbios 4: 23).

 

UNA CITA CON DIOS 

Acuérdate del día de reposo para santificarlo.  Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová  tu Dios… (Éxodo 20: 8-11) 

Cuando era apenas un adolescente tuve la oportunidad de trabajar en ese mundo de la fantasía que todos conocen como Disney World (Mundo de Disney) en Orlando, Florida.  Pude observar, vez tras vez, como los niños pasan de una diversión a otra cada vez mayor y más fascinante.

Para mí, el aliciente especial de todo ese mágico lugar era precisamente la atracción que ejercía en cada niño; verlos tan felices, arrebatados por un arrobamiento ininterrumpido y ascendiente, como una sinfonía dirigida hacia un “crescendo” heroico.  Sí, todo fríamente calculado y orientado hacia un glorioso y climático final.  El último evento de la noche presenta en dramático desfile todas las figuras célebres del mundo de Disney, desde el pato Donald hasta la máxima figura de todas, que aparece al final de la parada como epifanía insuperable.  Hay que estar ahí para observar la expresión de estos niños cuando por fin alcanzan a ver, con ojos agrandados por el asombro y la expectativa, al célebre Mickey Mouse (Ratoncito Miguel).

Adán y Eva no sintieron menos asombro al contemplar las grandiosas obras de Dios.  En la fauna y la flora recién creados por Dios, veían un mundo de maravillas; en cada flor, en cada animal, un espectáculo asombroso, arrobador.  Sin embargo, es de suponer que en su mente merodeara una pregunta inquietante.  Ese Dios Creador, ¿querrá relacionarse con sus criaturas? ¿Tendrá interés en ellas? ¿Se da cita ese Dios con sus criaturas? ¿Le importamos?

No tardó mucho la respuesta. El séptimo día de la creación trajo consigo la respuesta afirmativa.  Llegó la invitación a ellos y también a nosotros: “…más el séptimo día será reposo (ininterrumpida comunión y compañerismo) para Jehová tu Dios”. ¿Estás aprovechando bien tu cita semanal con Dios?

 

CONSEJOS DE UN AMIGO DE LOS JÓVENES

Y soñó José  un sueño. . . (Génesis 37: 5)

En Joven Amigo, el recordado Dr. Braulio Pérez Marcio decía lo siguiente:

“Joven amigo, tú sueñas con toda la fuerza de tu juventud y te dices: yo seré grande.  Y cuando miras hacia el futuro te ves envuelto en un nimbo tal de grandeza y de celebridad que te parece que el mundo se ha hecho sólo para que tú lo conquistes.

“Y tienes razón.  La vida es tu oportunidad, es tu conquista y debe ser tu éxito.  Pero, escucha: la vida no se conquista con ilusiones, ni con sólo deseos, ni con suspiros.  La vida será tuya mediante una idealidad genuina y noble, mediante la acción pujante y vigorosa, y será tuya por la gracia todopoderosa de la Divinidad.

“… Una idealidad, porque el que desea llegar a alguna parte, debe saber adónde va, debe tener objetivo, como lo tiene el navío que zarpa, el tren que se pone en marcha, el avión que se remonta a las nubes…

“…Una acción pujante y vigorosa porque sin ella de nada serviría la más sublime idealidad, y resultaría estéril la más fecunda de las posibilidades.  Debe echarse mano a la energía que todo lo crea, que todo lo enciende, que todo lo allana.

“… La gracia todopoderosa de la Divinidad, porque quien desecha a Dios, quita de sí toda posibilidad de verdadera victoria y se priva del auxilio del que todo lo puede…

“Tú sueñas, pero ya ves que no es sólo con sueños con lo que se triunfa.  Abre tu corazón a esta palabras, levanta tus ojos hacia Dios en una suprema invocación humilde, clava tu vista en lo más digno que puedas concebir y luego marcha.  Marcha siempre con noble tesón y no cedas nunca a las vacilaciones, cierra tus oídos a toda insinuación de debilidad y si el dolor te hiere no te detengas a llorar, pero tampoco detengas tus lágrimas: llora mientras caminas, y que una gran confianza llene tu ser.   Dios te mirará con ojos benignos y triunfarás”.

 

-LVE

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