Tras la pista de memorias sumergidas

By on February 10, 2019

Tendiendo Puentes

Después de trabajar un tiempo en EEUU—en Vermont, California y Pensilvania—me veo ahora con el increíble gusto de regresar a London, a enseñar en el Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas en Western, mi alma mater.

Durante esta larga trayectoria he apreEs, del mismo modo, un placer dirigirme a ustedes, los lectores de La Jornada, para dar a conocer un poco de mi formación y trabajo. Para lograr este propósito, a continuación, trataré de trazar un tipo de relación entre biografía y mis intereses académicos.
Yo tenía diez años cuando llegamos a Canadá, en el 91. Mi hermano tenía siete y mi hermanita tres. Para entonces ya toda la familia de mi padre se encontraba en Toronto. Sus hermanos y su madre habían huido de la violencia de la guerra civil y comenzaban a rehacer su vida. Ya habían nacido los primeros primos Salvadoreños Canadienses, por ejemplo. Y en navidad y nuevo año, ya se armaban las tremendas fiestas en el pequeño apartamento de mi tía Licha, en North York.
Mi padre se había tomado su tiempo para llegar a Canadá. Había tenido apenas 17 años cuando se vio obligado a partir para México, para así escaparse de la suerte de dos hermanos mayores: asesinados ambos, uno como soldado, el otro como estudiante torturado, desaparecido.
En todo caso, fue en su paso por México que mi padre conoció a mi madre, en las aulas de la UNAM, y el resto, como dicen, es historia.
La historia de violencia y migración de mi familia quizás fue lo que me llevó a estudiar cine de guerra estadounidense y, en específico, el rol del soldado Latino dentro de este corpus de filmes. Definitivamente, dicha historia se relaciona con mi presente enfoque sobre las memorias de la comunidad diasporica de Santa Teresa de Potonico, Chalatenango, El Salvador.
Santa Teresa es un pueblo que no ya no existe, pues fue, en 1976, una de las comunidades sacrificadas en nombre del progreso nacional i.e., para dar paso a la construcción de la presa del Cerrón Grande. Tras la inundación y los años sangrientos que vendrían después, en Santa Teresa solamente ha quedado un cementerio abandonado y el viejo campanario de la iglesia. Y la guerra, que vendría pisando los talones de ese primer exilio, se encargaría de esparcir dicha comunidad por todo el mundo.
Sin embargo, cado año los tereseños vuelan, desde Guatemala, Costa Rica, México, Australia, Francia, Suiza, EEUU, Canadá. Y se reúnen al pie del campanario para reconocerse y recordar. En este sentido, mi trabajo ha sido, hasta el momento, el recoger de historias de personas que llegaron a tener diferentes experiencias de destierro, guerra y migración: ex guerrilleros, guardias civiles, militares, simpatizantes, exiliados etc.. Todos sumergidos en la memoria del pequeño cantón de Santa Teresa.
También escribo una novela que trata de un profesor salvadoreño mexicano canadiense que está mal de la cabeza y piensa en escribir una novela que sea también un tipo de texto sagrado para el Siglo XXII. Cualquier parecido con la realidad…

Autor: Felipe Quetzalcoatl Quintanilla

Western University

Aiming to engage in a fluent dialogue with the London Hispanic community, members of the Hispanics Studies program at Western University will share their interests, ideas and projects in a monthly column exclusively for La Jornada.

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