Sexo y Juventud

By on July 12, 2013

La Voz

Sexo y Juventud

London, ON.- Hace tiempo, una conocida revista internacional para caballeros realizó una encuesta entre dos mil hombres, de 18 a 49 años de edad. El propósito era demostrar que el sexo constituye el primer interés de los varones. Sin embargo, los encuestados respondieron que lo más importante para ellos eran la salud, el amor, la paz mental y la vida familiar. ¡El sexo quedó en noveno lugar! Una verdadera sorpresa para el equipo editorial de la publicación.

El resultado es muy revelador. Indica que el sexo no es tan dominante como pretenden demostrar los mercaderes de la pornografía. Cuando a un joven lo domina la obsesión erótica, la explicación puede ser el predominio de su impulso sexual, pero también los estímulos de lo que ve, lee y escucha. Los especialistas en este asunto afirman que el cerebro es el principal órgano sexual. Desempeña un papel decisivo en la sexualidad humana. Un muchacho, o una chica, puede excitarse o dominarse completamente, según controle sus pensamientos y su imaginación.

En cierta ocasión me dijo un joven: “Durante varios años me sentí desorientado y descontrolado con respecto al sexo. Cuando estaba con una chica o pensaba en ella, me resultaba difícil evitar mis fantasías sexuales. Esa obsesión no me dejaba concentrar en mis estudios. Era un mal estudiante. Un día fui a conversar con un comprensivo consejero cristiano de jóvenes. Con la Biblia en la mano, este hombre me hizo ver las cosas de un modo diferente y constructivo. Hoy me siento feliz y dueño de mí mismo”.

Gabriela decía a sus padres: “Yo soy una chica moderna y quiero gozar de la vida”. Para ella, “gozar de la vida” era practicar el amor libre y descuidar sus obligaciones. Hoy Gabriela está muy lejos de ser feliz. Cada vez se aborrece más a sí misma. Pero precisamente por eso, queriendo combatir su propia insatisfacción, cada día se entrega a una conducta más licenciosa. A los 18 años ha perdido su encanto y espontaneidad. Es un tanto cínica. Por la expresión de su rostro y sus ojos, parece una mujer mayor.

La experiencia de Gabriela, o de cualquier otra parecida, encierra una relación en la que predomina la excitación egoísta sin compromiso de amor ni fidelidad. Esta es la clase de relación que enturbia la mirada, enferma el corazón y a menudo también el cuerpo, y mancilla el carácter sagrado del sexo.

En cambio, ¡qué diferente es el caso de la intimidad matrimonial pensada por Dios! Gratifica a ambos individuos por igual. Se trata de una relación de amor, maduro y fiel. No es la mera búsqueda del placer egoísta. Es más bien una entrega recíproca, que no genera culpas ni insatisfacción, sino que hace felices al marido y a su mujer.

Algún joven podrá decir: “Yo soy libre para hacer lo que quiero”, pero conviene saber que la libertad mal usada es negativa y perjudicial. El apóstol Pedro dice que debemos vivir “como personas libres que no se valen de su libertad para disimular la maldad”. Con la pretensión de querer ser libres podemos terminar siendo esclavos de nuestros propios errores. ¿No te parece?

La escritora cristiana Elena de White dice: “Muy pocos consideran que es un deber religioso gobernar sus pasiones. . . Sacrifican la vida y la salud sobre el altar de las bajas pasiones. Someten las facultades superiores y más nobles a las propensiones animales. . . El amor es un principio puro y sagrado; pero la pasión concupiscente no admite restricción, no quiere que la razón le dicte órdenes ni la controle” (Mente, carácter y personalidad, t. 1, p. 223).

Piensa en el rey David. Se paseaba una tarde por la terraza de su palacio. Desde allí alcanzó a ver a la distancia a la hermosa Betsabé. Tan prendado quedó de ella, que la tomó por esposa y mandó matar a su inocente marido.

¡David tuvo que sufrir años llenos de amarguras como consecuencia de su doble maldad de adulterio y homicidio! Pero así como profunda fue su caída, profundo fue también su arrepentimiento. En su dolor, se dirigió a Dios con estas palabras: “Lávame de toda mi maldad y límpiame de mi pecado. . . Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu”. Y Dios lo perdonó, porque él es “generoso en perdonar.

Esta misma actitud perdonadora tuvo Jesucristo con la mujer adúltera, a quien muchos atacaron y condenaron. Cuando sus acusadores se fueron, Jesús le preguntó:

-Mujer, ¿dónde están? ¿Ya nadie te condena?

-¿Nadie, Señor-, respondió ella.

-Tampoco yo te condeno. Ahora vete, y no vuelvas a pecar-, concluyó Cristo.

Amigo, amiga, así actúa Dios con nosotros hoy. Nos perdona si se lo pedimos; pero también nos dice que no pequemos más. Para ello nos ofrece su ayuda y nos da la resistencia moral para que actuemos en beneficio propio, como él desea. Pero esto no es todo. Él mismo nos da la victoria sobre el mal por medio de su Hijo. LVE

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