Recibir para dar

By on October 5, 2012

La Voz

La gran enseñanza de que vivimos para dar y de que debemos dar para que otros puedan vivir, fue aprendida, en forma singular, por cierto individuo que padecía de úlcera gástrica. Repentinamente tuvo que ser hospitalizado debido a una hemorragia interna originada por la úlcera. Solo una inmediata transfusión de sangre podía librarlo de la muerte. Ante la gravedad de la situación, varios amigos dieron de su sangre para que pudiese vivir. Cuando ya se recuperó, decidió dar lo mejor de sí mismo en beneficio de los demás. Entre otras cosas, se puso al frente de una comisión encargada de conseguir sangre y constantemente enseña que es un deber dar para que otros puedan vivir.

Esta verdad eterna cobra especial significado en los labios de Jesús, quien dijo a sus discípulos: “De gracia recibisteis, dad de gracia” (S. Mateo 10:8). Este mandato divino encerraba una imperiosa y vital lección para los apóstoles del Señor. Ellos habían recibido gratuitamente infinidad de beneficios y privilegios y aunque la mayoría eran pobres en las cosas materiales, el compañerismo con Cristo los había enriquecido infinitamente con la riqueza verdadera. Tenían el espíritu y el poder de Jesús y por lo tanto podían hablar palabras de esperanza, podían devolver la salud a los enfermos y hasta tenían la facultad de resucitar a los muertos. Pero todos estos atributos los habían recibido con una condición: emplearlos en favor de los demás. Habían recibido para dar.

Este es el cometido de todo ser humano. Hemos recibido para dar. Y el primer paso para practicar una vida generosa es comprender lo mucho que tenemos para dar. Sin pensar en los bienes materiales, con solo levantar la vista al cielo podemos sentirnos millonarios. Pero además de la gran naturaleza que nos rodea y beneficia, en nuestro propio ser se evidencia lo mucho que Dios nos da. Nuestro cuerpo y nuestra mente son regalos invalorables. Basta algún pequeño percance en nuestra salud para que empecemos a valorar cada uno de los miembros de nuestro organismo. ¿Será que apreciamos como debiéramos todo lo que tenemos y recibimos?

Hace un tiempo, tres muchachos adolescentes fueron llevados por su padre a visitar las instalaciones de un asilo para niños ciegos. Estos tres jovencitos eran bastante inquietos y quejosos. Aunque pertenecían a una familia de humildes recursos, tenían más que suficiente para vivir. Y sin embargo, siempre pedían algo más. Especialmente reclamaban más juguetes y en particular querían un nuevo balón o pelota de fútbol. Pero desde que visitaron el asilo de ciegos, cesaron los reclamos.

En dicha oportunidad observaron con triste asombro, cómo los pequeños niños ciegos se trasladaban con torpeza de una parte a otra del asilo. En cierto momento los no videntes fueron llevados a un campo de deportes donde empezaron a jugar un partido de fútbol. Los tres muchachos visitantes siguieron con especial interés los detalles del juego. Su gran pregunta era cómo en medio de empujones los niños ciegos podían pasarse el balón. Prestando más atención, se percataron que aquellos niños lograban hacer con facilidad lo que ellos, con ojos sanos, lograban solo a duras penas.

Amigo, amiga de La Voz, con esos “ojos sanos” debemos ver mejor; ver las cosas con colirio divino, con sabiduría de lo alto. Con esa óptica mejorada apreciaríamos mejor lo que tenemos; lo que el Cielo nos concede para que vivamos bien y demos más.

Entre las palabras encontradas en el diario de un soldado anónimo de la guerra civil norteamericana, hallamos estas:

Pedí fuerza a Dios para mandar; me dio humildad para obedecer.

Pedí ser eterno para hacer cosas grandes;

me hizo ser mortal para que pensara en cosas grandes.

Pedí riquezas para ser feliz;

me dio pobreza para hacerme sabio.

Pedí ser grande para gozar de las

alabanzas de los hombres;

me hizo pequeño para que pudiera oír la voz de Dios.

Pedí cosas para gozar de la vida; me dio vida para gozar de las cosas.

Las oraciones que no supe pronunciar fueron todas contestadas.

Soy el más bienaventurado de los hombres.

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