Pasión de multitudes

By on July 11, 2014

¡Junio ha llegado y se ha ido! ¡Y Brasil hoy es la capital del mundo futbolero! No es poca cosa. La pasión deportiva bulle en todas partes. En cada pueblo y ciudad del orbe. La pelota estavo rodando durante un mes en esta vigésima edición de la Copa del Mundo.

Este viejo deporte de los siglos III y II a.C. tuvo su origen en un manual de ejercicios militares correspondientes a la dinastía Han de la antigua China. El juego era llamado ts’uh Kúh, y consistía en lanzar una pelota con los pies hacia una pequeña red.
Pero fue en 1930, en Uruguay, durante el primer Campeonato Mundial, cuando el fútbol logró apasionar a casi todos los países del mundo. Hoy es practicado por más de 250 millones de jugadores en más de 200 países. Por eso es considerado el deporte más popular del mundo.
Durante cuatro años, 207 equipos nacionales luchan para tener acceso a la última fase del campeonato, donde solo 32 naciones disputan el torneo mundial. Este año se realiza en la hermosa República del Brasil, desde el 12 de junio al 13 de julio.
Desde la década de 1940, por un viejo lema publicitario, alguien fijó la idea de que el fútbol era “pasión de multitudes”. Y así quedó, como una frase que no solo expresa los sentimientos que despierta, sino también a quién está destinado este deporte: las multitudes, toda la gente.

Apasionados por naturaleza

La edición de la Copa Mundial que se jugó en Sudáfrica en 2010 fue vista en cada país y territorio del planeta. Fue tanta la pasión que 3.200 millones de personas encendieron sus pantallas para no perderse el juego final.
Ante tal pasión por este deporte, cabe la pregunta: ¿Hemos perdido la cordura a tal grado que un balón nos pueda emocionar tanto? La respuesta es negativa. El hecho de apasionarnos demuestra que seguimos en nuestros cabales, porque el ser humano es apasionado por naturaleza, como dijo Chamfort, el escritor francés: “Las pasiones hacen vivir al hombre, la sabiduría solo lo hace durar”.

La gran pasión

A pesar de que este deporte ha movilizado a millones de personas en los últimos ochenta años, no puede compararse con la gran pasión encendida por Aquel que ha movilizado y sigue movilizando a multitudes en los últimos veinte siglos.
Se trata de un hecho significativo y sin precedentes que partió la historia en dos. Estamos ante un misterio, un don celestial de resultados gloriosos. Miles de millones han vivido y aun han muerto por él. Las Sagradas Escrituras lo llaman “el misterio de la piedad” (1 Timoteo 3:16): “De tal manera amó Dios al mundo” (S. Juan 3:16).
¡El gran Dios del universo fascinado con el ser humano! ¡Lo ama apasionadamente y hasta la muerte!
Una traducción moderna del texto de San Juan 3:16 dice: “Dios amó tanto a la gente de este mundo, que me entregó a mí, que soy su único Hijo, para que todo el que crea en mí no muera, sino que tenga vida eterna” (Traducción en lenguaje actual).
No trates de entender la pasión de Dios, porque eso es imposible. Su pasión por el hombre permitió que su Hijo Jesucristo fuera torturado y asesinado con extrema crueldad. Y el Hijo lo permitió. Lo más asombroso es que lo hizo voluntariamente, por ti, por mí y por todos los que creyeran en él (ver S. Juan 17:20).

He intentado de entenderlo y explicarlo muchas veces pero no he podido. ¡Sencillamente, no puedo! En realidad nunca se pudo explicar. San Agustín paseaba junto a la playa, cavilando sobre la realidad de Dios. De pronto vio a un niño jugando en la arena. El niño corría hacia el mar, llenaba un cubo de agua y lo vaciaba en un pocito en la playa una y otra vez. Agustín se acercó al niño y le preguntó:

¿Qué haces?
El niño respondió:
Estoy vaciando el agua del mar en este pocito.

Agustín le dijo:

¡Pero eso es imposible! Y se alejó, mientras reflexionaba: Yo he estado tratando de hacer lo mismo con el misterio de Dios. He tratado de vaciar en mi mente finita el arcano del Infinito.
Durante siglos el hombre ha tratado de explicar lo sucedido en el Calvario, pero no se puede. Incontables multitudes cayeron rendidas al pie de la cruz mientras lo intentaban. Así, Cristo se ha transformado en la gran pasión de multitudes.

Pasión por perdonar

La salvación no es un premio por las cosas buenas que hayamos hecho. Ningún creyente puede jactarse de ser salvo.
El perdón es gracia divina. Y la gracia divina es el amor que te busca cuando nada tienes para que dar a cambio. La gracia es amor que te llega sin que eso dependa de ti. Nada puedes hacer para ganar, merecer o ser digno del amor y la gracia de Dios. ¿Te has puesto a pensar en lo que significa que no puedas hacer nada para lograr que Dios te ame más de lo que ya te ama? Sencillamente él tiene pasión por perdonar al arrepentido, y eso le produce alegría. “Habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueva justos que no necesitan arrepentimiento” (S. Lucas 15:7).

Pasión por restaurar

San Pablo escribió: “Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).
Dios inicia un proceso de metamorfosis en la persona que se arrepiente. Él perdona lo imperdonable. Acepta y restaura al pecador. Estamos expuestos a sufrir pérdidas económicas, familiares, de relaciones o de salud. Cada pérdida puede atentar contra nuestra fe, pero también es una oportunidad para Dios. Pérdida es sinónimo de quebranto, de desgaste, de desventaja, de lesión, de algo malo. Pero el mal en esta tierra tiene fecha de vencimiento.
El ser humano podrá perder algunas cosas en esta vida, pero lo que nunca nos podemos permitir, es perder la confianza en las palabras de nuestro Restaurador: “El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará” (Filipenses 1:6). Y podemos estar seguros de que la terminará.

Pasión por regresar

“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).
Jesús no está atrasado, ¡sólo está esperando! Una de las mayores satisfacciones es la de abrazar a los seres que amamos después de haber estado separados. El pecado hizo precisamente eso: nos separó de Dios. Pero Cristo nos unió; y ahora, antes de regresar, está esperando que otros decidan amarlo. ¡Su tardanza es amorosa paciencia! Puede que esté esperándote a ti, o que esté esperando a uno de tus seres amados. De cualquier manera, Cristo cumplirá su promesa y volverá.
Hoy es un buen día para aceptar la apasionada gracia de Dios. Un día lo verás y podrás decir con el profeta: “Éste es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; éste es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (Isaías 25:9).

Por Walter Castro. El autor es ministro cristiano y escribe desde Orlando, Florida.

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