Otra Oportunidad

By on January 18, 2013

Reflexiones

London, ON.- Alguna vez hemos dicho que la celebración del Año Nuevo parece perder estatura e importancia porque nos llega algo así como a la sombra de la Navidad. Para muchos, quizás para una gran mayoría, la fiesta de la Navidad, más que un motivo de meditación espiritual y de consagración al Mesías que vino a salvarnos, es causa de holgorio, de derroche, de viajes y paseos que nos dejan exhaustos en más de un sentido. Y pocos días después viene el fin de un año y el comienzo de otro. Es probable que si hubiese más distancia entre estos dos acontecimientos, la llegada del nuevo año adquiriría una personalidad distinta.

Leíamos algo que escribiera hace algún tiempo Carlos Castro Saavedra, y que titulaba Feliz Año. Decía así: “Feliz Año, entonces, para todos. Para los amigos y los enemigos, para los ricos y los pobres, para los tristes y los alegres, para los que acarrean mulas en los caminos polvorientos y los que hacen crucigramas sobre las mesas de los bares. Para los santos y los criminales, para los viejos y los jóvenes, para los niños que elevan cometas, para los hombres que se internan en los bosques y buscan la compañía de los árboles”.

Esa es la actitud con que debemos entrar al año que está frente a nosotros. Es probable que no haya sido la del pasado, y que eso explique por qué más de una vez tropezamos y caímos. Como seres humanos tenemos limitaciones. Pero si hemos errado muchas veces a lo largo del año que termina, ubiquémonos frente a la oportunidad que el Señor nos da, y hagamos nuestras las palabras del apóstol Pablo: “No que ya haya alcanzado, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si alcanzo aquello para lo cual fui también alcanzado de Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no hago cuenta de haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago. Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-14).

Olvidemos lo que queda atrás. No permitamos que nuestros errores pasados influyan sobre nosotros, y prosigamos nuestro camino hasta alcanzar el blanco y obtener el premio que es “la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús”.

Ortega y Gaset decía: “En el amanecer de cada año debiéramos pensar siempre que es el porvenir quien impera sobre el pasado, y sólo de él nos viene la orden para nuestra conducta del presente”. Sí, el porvenir es más fuerte que el pasado. Del pasado debemos extraer las lecciones que necesitamos para ser mejores, pero el impulso y el éxito están en el futuro, en el porvenir.

Lo que debemos buscar en el año que empieza es una relación más íntima con Dios. Debemos recordar que él es nuestro Padre y que somo sus hijos, y que si estamos unidos a él, no habrá fuerza ninguna que pueda detener nuestra marcha porque iremos por el sendero del éxito de la mano de quien todo lo puede. Con toda sinceridad unamos nuestra vida con la del Señor Jesús y seamos uno con él y en él. Por otra parte, eso es lo que él desea que hagamos. Por eso nos dice: “Estad en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto de sí mismo, si no estuviere en la vid; así ni vosotros, si no estuviereis en mí. Y o soy la vid, vosotros los pámpanos: el que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque sin mí nada podéis hacer” (S. Juan 15:4, 5).

Luchemos con entusiasmo. Trabajemos con empeño, sin pausas, sin flojedades. Exijamos de nosotros mismos lo que estamos siempre tan dispuestos a exigir de los demás: esfuerzo, trabajo, empeño, lucha. Trabajemos en la hora de la actividad y no nos faltará nada. El sabio

Salomón nos aconseja: “Ve a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio” (Proverbios 6: 6). Si tenemos una tarea que realizar, no la dejemos para otro momento. Debemos hacerla hoy, y hacerla bien. Confiemos en Dios. Confiemos en el esfuerzo y no en la suerte, porque la suerte no existe. La hacemos nosotros. Cuando estamos con Dios no hay nada imposible, porque como dice el apóstol Pablo, todo lo podemos en Cristo que nos fortalece (Filipenses 4:13).

Entremos en el nuevo año con optimismo, dispuestos a no envidiar a nadie, a no afligirnos inútilmente por los problemas que no podemos resolver, a dejar a un lado todo lamento y toda queja, y a orar a Dios más, mucho más que en el pasado, porque la oración nos mantendrá unidos con la fuente del poder que es nuestro Señor.

Digamos con Agustín Ruiz, en su poema Sol de Año Nuevo:

 

Brilla un sol esplendente en las entrañas azuladas del cóncavo infinito, derritiendo las moles de granito de apretadas y gélidas montañas.

 

Es el sol del Año Nuevo, cuando al mundo va cubriendo una sombra aterradora de amenazas de guerra destructora con efecto espantoso, tremebundo.

 

Año Nuevo con luces de consuelo será aquel cuando en cada pecho humano de maldad y rencor muera el gusano, y olvidando lo vil, se busque el cielo.

Sólo entonces el sol en las entrañas azuladas de un cielo transparente, brillará esplendoroso y reluciente, paz llevando a palacios y cabañas.

 

Mas no quiere el humano, por lo visto, deponer sus pasiones y rencores, ni mirar los hermosos resplandores que despide, de amor, la cruz de Cristo.

 

Y sólo él es capaz de darnos vida; pues sólo él vio la muerte allá en la cumbre, para darnos perdón, aliento y lumbre con la sangre preciosa de su herida.

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