Ni fríos, ni calientes

By on August 16, 2013

La Voz

London, ON.- Siglos atrás, el filósofo griego Diógenes, equipado con un farol, en pleno día buscaba a un hombre honesto, íntegro, que fuera hombre o mujer de veras. Era su manera de quejarse de la tibieza moral de sus contemporáneos.

El último libro de la Biblia, el Apocalipsis, nos dice cuál sería la condición que caracterizaría a los creyentes de nuestros días. Felizmente, también nos da la receta del Médico divino para remediarla. Allí, él mismo dice: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente!. . . Unge tus ojos con colirio para que veas. . . sé, pues, celoso y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:15, 18).

Amigo, amiga de La Voz, con las palabras que acabamos de citar se describe la condición de la mayoría de quienes profesamos la fe cristiana. Entre nosotros predomina la tibieza. Vivimos en el claroscuro. Con un pie estamos adentro y con el otro afuera; no somos ni fríos ni calientes.

Como dijera una destacada educadora: “La mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se vendad ni se compren; hombres que sean sinceros y honrados en lo más mínimo de sus almas; hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos” (La Educación, p. 54).

Todos queremos ser esa clase de cristianos. Nadie quiere vivir aparentando lo que no es. Aparentar no es vivir; es simular lo que no se es. Es tener constantemente una máscara, una risa de payaso dibujada, pero debajo un gesto permanente de amargura. Y de nada vale; todos se dan cuenta que estamos representando un papel que no sentimos. Y nosotros también lo sabemos; y nos deprime. Por eso el consejo que nos da el Señor, cuya importancia no podemos pasar por alto, resulta tan oportuno.

El Señor anticipó las condiciones en que viviríamos hoy en el mundo, indicando que serían la señal de que su venida estaba próxima, y con ella la redención de toda persona que lo aceptara como su Salvador. Lo dijo con estas palabras: “Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca” (S. Lucas 21:28).

Felizmente, nuestro Señor Jesús no ha perdido su poder. Aunque murió, también resucitó y está en los cielos para interceder en nuestro favor. Si queremos, podemos despojarnos del manto de apariencia y ser auténticos y radiantes como él. En el pasaje de Apocalipsis que citamos al comienzo, el Señor nos dice qué hacer: “Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego. . . y vestiduras blancas para vestirte” (Apocalipsis 3:18).

Las vestiduras blancas representan la justicia perfecta de Cristo, su obediencia impecable que nos es imputada, es decir, un regalo inmerecido. Ese regalo nos mueve a amar a Dios. Pero nuestro amor humano resulta defectuoso. El “oro refinado en fuego” es el amor de Dios que, según el apóstol San Pablo indica en Romanos 5:5, “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”. Con ese amor podemos ser celosos y arrepentirnos, ya que ese amor divino nos guía al verdadero arrepentimiento, de acuerdo a lo que expresa el apóstol en el versículo cuatro.

Permitamos hoy que el divino Nazareno llene nuestro corazón para que arranque de nosotros toda raíz de mal, para que nos sensibilice, para que desaparezca de nosotros toda tibieza. Él quiere hacer ese milagro en nuestra vida, y por eso nos dice: “Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos”. Si lo hacemos, gozaremos del colirio que unge nuestros ojos para que podamos ver lo que Dios ve y sentir lo que él siente.

Amigo, amiga, él nos pide el corazón para transformarlo, para ennoblecerlo, para librarlo de sus malas tendencias y así llegar a ser buenos cristianos. Él pide nuestro corazón para llenarlo de su amor. Para que por nuestro ser fluya esa vida espiritual que viene del cielo y que significa gozo y felicidad. Por eso, digamos con E. Geenzier,

 

¡Oh, Señor! Tengo sed de tus hondas ternuras,

de tu verbo florido, de tu vino inmortal,

y de todas las grandes y celestes venturas

que en tus dulces promesas das al triste mortal.

¡Oh, Señor Jesucristo! ¡Sembrador visionario!

dicta a mi alma la clave de tu férvido amor;

del amor que te alienta sobre el rojo Calvario

y a los cielos te impulsa desde el sacro Tabor.

“Señor Jesucristo”

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