La gran ausente

By on March 13, 2014

Debido a la concepción androcéntrica del mundo, la mujer fue “invisible” en la historia hasta el siglo XX. Muy pocos nombres femeninos destacaron en el ámbito de la política o la cultura, solo una élite de mujeres poco representativas de la experiencia colectiva femenina. Veamos las razones históricas de esta ausencia.

Culturas preclásicas
En Mesopotamia, Egipto y Fenicia la mujer desempeñó un papel social secundario y siempre dependiente del varón. Escasas mujeres alcanzaron poder político, como la reina-faraón Hatshepsut.

Grecia
En la Grecia de Platón y Aristóteles las mujeres encarnaban la oscuridad, la pasividad y el sentimentalismo, frente a la luz, la actividad y la inteligencia del hombre. Se las consideraba seres “sin alma”. El espacio público era patrimonio del hombre, y el espacio privado era el propio de la hija, la esposa y la madre. Esta separación se reflejaba incluso en el hogar, donde las mujeres debían permanecer en el gineceo, estancia situada lejos de la calle, para ser vistas únicamente por sus familiares directos.
La estabilidad económica de la mujer griega procedía del matrimonio. Las mujeres no participaban en actividades donde hubiera hombres, aunque se realizaran en su propia casa. Solo se requería su presencia en actos relacionados con la muerte, pues ellas eran las que preparaban los ritos funerarios.

Roma
Bajo el Imperio Romano las mujeres gozaron de más libertades y derechos jurídicos, aunque estaban siempre sometidas a la tutela de un hombre. No tenían nombre propio, sino el del padre en femenino. No estaban recluidas en el gineceo, y tenían vida social: salían a comprar y participaban en banquetes, aunque su presencia en el ámbito público seguía restringida. Para conocer el valor de las mujeres entre los romanos, resulta orientativo el impuesto de capitación, o per cápita, en el que cada ciudadano pagaba lo mismo en tiempos del emperador Diocleciano (285-305 d. C.), y para quien dos mujeres equivalían a un hombre.

Cultura judeocristiana
Según el relato del Génesis, Dios creó a la mujer para que fuera la “ayuda idónea” del hombre, su compañera en condiciones de igualdad. Pero con la caída del ser humano en el pecado, se ha llegado a considerar a la mujer como causante de la pérdida de la felicidad edénica. A partir de ahí, se ha venido acentuando los textos bíblicos que destacan las diferencias entre el hombre y la mujer, y el sometimiento de esta al primero, especialmente basándose en: “Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Génesis 3:16) y “será llamada Varona, porque del varón fue sacada” (Génesis 2:23). Pero lo cierto es que la Biblia condena la discriminación de la mujer: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). “Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26). Es este concepto revolucionario de Jesús respecto a las jerarquías lo que permitió que el cristianismo primitivo promoviera la liberación de la mujer. Lamentablemente, este avance fue rápidamente sofocado.

Con la institucionalización del cristianismo, los “padres de la iglesia” adoptaron una posición que hacía la realidad de la mujer sumamente dura, como vemos en las palabras de Tertuliano: “¿Y no sabes tú que eres una Eva? La sentencia de Dios sobre este sexo tuyo vive en esta era: la culpa debe necesariamente vivir también. Tú eres la puerta del demonio… eres la que convenció a aquel a quien el diablo no fue suficientemente valiente para atacar. Así de fácil destruiste la imagen de Dios, el hombre”.1
Especialmente la perspectiva de Agustín de Hipona sobre la condición de la mujer y su lugar en el mundo condicionó la visión que de ella se tuvo durante la Edad Media en Europa: “Es Eva, la tentadora, de quien debemos cuidarnos en toda mujer… No alcanzo a ver de qué utilidad puede servir la mujer para el hombre, si se excluye la función de concebir niños”.2
Debido a que la mayoría de los textos que se conservan de este período son de fuentes religiosas, ya que los clérigos eran los transmisores de la cultura, la concepción de la mujer en la Edad Media nos viene dada a través de dos arquetipos: Eva y María. Eva, la protagonista de la entrada del pecado en el mundo, la mujer sensual y rebelde; y la virgen María, la elegida de Dios para engendrar a su Hijo y que encarna la virtud. Esta dicotomía se ve reflejada en estas palabras: “A través de Eva ha venido la muerte; a través de María, la vida”.3

Con referencia a María, se valoraba a la mujer a través de criterios sexuales, donde las máximas virtudes equivalían a la virginidad, la maternidad y la fidelidad. No verse englobada dentro de una de estas categorías como mujer equivalía al rechazo social.

Edad Moderna
Durante el Renacimiento se fue dignificando el concepto de la mujer y, aunque no hubo avances en su situación social, se sentaron las bases para cambios posteriores. Por su parte, la Reforma Protestante hizo volver la atención hacia los textos bíblicos que presentan a la mujer en una situación más igualitaria con respecto al hombre.
Aunque hubo anteriormente hombres como el filósofo y teólogo François Poulain de la Barre, y mujeres como la española Josefa Amar, que plantearon reivindicaciones en pro de la igualdad femenina, habría que esperar a la Revolución Francesa para que la voz de las mujeres empezara a expresarse de manera colectiva. Entre los ilustrados que elaboraron el programa ideológico de la Revolución destaca Condorcet, quien reclamó el reconocimiento del papel social de la mujer. Tras el triunfo de la revolución se hizo evidente que una revolución que se basaba en la igualdad natural y política de los seres humanos, la libertad, igualdad y fraternidad, no podía negar el acceso de las mujeres a los derechos políticos.

Asimismo, las mujeres, que se autodenominaban “el tercer estado del tercer Estado”, tuvieron un gran protagonismo en todos los acontecimientos revolucionarios hasta que finalmente, en 1791, Olympe de Gouges redactó la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana. Y aunque la Constitución Francesa de 1793 no reconoció los derechos de la mujer, y el posterior Código Napoleónico supuso una marcha atrás en estos derechos, la mujer comenzó a percibir el mundo de otra forma y a hacerse ver de otra manera.
En Europa y América del Norte se inició un movimiento por la igualdad de la mujer: el feminismo. Su principal objetivo fue el derecho al voto. Nacía así el movimiento sufragista. En Inglaterra, en 1867, Millicent Garrett Fawcett creó la National Society of Woman’s Suffrage (Sociedad nacional del sufragio femenino). También hubo hombres que defendieron la liberación femenina, uno de ellos fue el pensador y economista inglés John Stuart Mill, porque consideraba que la opresión de la mujer impedía el progreso de la humanidad. Consideraba el sometimiento de un sexo al otro “intrínsecamente erróneo”, lo cual “debería ser sustituido por el principio de perfecta igualdad”. Todo este trabajo cristalizó, en los Estados Unidos en la conquista del voto a finales del siglo XIX, y sobre todo a mediados del siglo XX cuando incluso a las mujeres de raza negra se les reconoció su derecho a las urnas.

Tuvieron que pasar siglos para llegar a una transformación profunda de la sociedad, aunque la mujer aún no goza de la misma posición social y económica en todos los países del mundo, y sigue siendo víctima de nuevas formas de sometimiento. La ausencia de las mujeres de la esfera pública y el silencio al que se han visto sometidas no implica que no hayan contribuido al desarrollo de nuestras sociedades, pues desde el ámbito privado ejercieron su influencia sobre las naciones.

1) Tertuliano, De Culta Feminarum, 1.1. 2) http://www.luxdomini.com/_ap/contenido1/san_agustin.htm. 3) Epist. 22 ad Eustochium (PL. 22, col. 248).

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