Estampas de Navidad

By on December 13, 2013

La Voz

Hemos llegado una vez más a los días en que el hombre, aflojando un poco las cuerdas de su materialismo y de sus afanes humanos, permite que lleguen a su corazón los sentimientos de aquel remoto día cuando allá en la pequeña Belén de Judá, nació el niño Jesús, el Salvador de la humanidad.

Bienvenido sea el recuerdo de ese nacimiento milagroso, porque hoy es más necesario que nunca. Y que al venir tenga la virtud de aquietar nuestras pasiones, de conmover nuestra alma, de transformar nuestro corazón. Volvamos con nuestros pensamientos y con nuestro corazón a los días aquellos del maravilloso nacimiento.

Ha nacido el niño Jesús, ha nacido el Salvador. Las profecías milenarias se han cumplido al pie de la letra. El Mesías prometido ha bajado a la tierra; la gloria del cielo se ha volcado sobre este mundo. Para los ojos absortos del creyente, todas las cosas en esa noche extraordinaria cobran contornos diferentes. Todo se viste de una belleza más honda, más profunda, más espiritual. La gloria del cielo lo embellece todo. Las estrellas parecen más hermosas y la noche más santa. Como dice el conocido himno:

Santa la noche, hermosas las estrellas,

la noche cuando nació el Señor.

El mundo estaba envuelto en sus querellas

hasta que Dios nos mandó al Salvador. Una

esperanza todo el mundo siente,

la luz de un nuevo día sin igual;

con gratitud postrados adoradle;

oíd de lo alto la voz angelical;

¡Oíd, cantad! Nació el Salvador.

Allá en las afueras de Belén los pastores guardaban sus rebaños en aquella noche esplendorosa. ¿Algún divino presentimiento los mantenía despiertos? ¿Alguna celestial inquietud ponía en sus almas ansias indefinibles? ¡Con cuánta sencillez lo leemos en el Evangelio según San Lucas!: “Y había pastores en la misma tierra, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su ganado. Y he aquí el ángel del Señor vino sobre ellos, y la claridad de Dios los cercó de resplandor; y tuvieron gran temor. Mas el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (S. Lucas 2:811).

Los pastores oyeron luego asombrados la divina canción que ponía en sus almas éxtasis nunca imaginados. Cantaban los ángeles: “Gloria en las alturas a Dios y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (vers. 14).

Y los pastores, siguiendo las instrucciones del ángel, corrieron hacia Belén. Allí, en un humilde establo, hallaron al niño recién nacido. Hasta las mismas bestias parecían mirarlo con ojos de asombro. Asombro que embargó hasta más allá de la reverencia a los humildes. Y allí estaba también la madre, la bienaventurada madre, con el asombro y la dicha inefable de haber alcanzado el soberano privilegio de haber traído a este mundo al Salvador de la humanidad.

Aquella noche del nacimiento fue la noche perfecta. La noche en la que el bien triunfó definitivamente sobre el mal. La noche en la que las sombras malignas fueron derrotadas para siempre. Podrían seguir actuando durante algún tiempo más, pero estaban irremisiblemente condenadas. Aquella fue la noche del perdón y del olvido. Fue la noche del nacimiento del Salvador.

Amigo, amiga, abrámosle a ese Salvador nuestro corazón. Que entre, que entre a él. Que lo limpie de todo mal. Que nos haga buenos, que nos haga nobles, que nos haga simples. Que nos enseñe el divino secreto del amor.

Que podamos decir con el poeta:

Vino para los hombres la paz de las alturas; en el mezquino establo que domina un calor, tras de la acerba noche de maternas torturas Jesús cayó en la tierra, débil como una flor.

Música de las cosas alegró las oscuras bóvedas del pesebre, y en su himno de amor adoraron al niño las humildes criaturas;un asno con su aliento, con su flauta un pastor.

Después los adivinos de comarcas remotas ofreciéronle mirra, y en sus lenguas ignotas al pequeño llamaron Príncipe de Salem.

Mientras en el Oriente, con pestañeos vagos dulcemente brillaba la estrella de los Magos, los corderos miraban hacia Jerusalén.

-Navidad, de Víctor M. Londoño.

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