Esclavos Modernos

By on November 9, 2012

La Voz

Gail ahora es una mujer presa de la más profunda tristeza. Ha olvidado sonreír. Se ha declarado culpable ante la corte, y espera su sentencia. Por supuesto, el juez le ordenará devolver todo lo robado, pero ella no podrá hacerlo. Ya no lo tiene. Se le ha escurrido de las manos… para siempre.

¿Cómo es que esta mujer, por otra parte honesta y cumplidora (no hay registro de ninguna ofensa anterior), llegó al punto de arruinar sus cómodos años de retiro de tal forma? El abogado que la defiende dice: “Se trata de una mujer que no tiene historia criminal; sólo es esclava de su adicción”. ¿Y cuál es esa adicción? Nada menos que el juego. Gastó lo robado en los casinos de California y Nevada, los cuales, desde luego, se niegan a devolverle nada. La jugadora mantenía la esperanza de ganar lo suficiente como para devolver lo que debía, antes que la sorprendieran; pero vez tras vez seguía perdiendo.

El apóstol Pablo describe este horrendo foso de compulsión al mal en el que los seres humanos caemos constantemente, de esta manera: “Todos nosotros también vivimos en otro tiempo al impulso de los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y éramos por naturaleza hijos de ira, igual que los demás” (Efesios 2: 3).

Gail comprende lo que es esa “ira”. No necesita que Dios se enoje con ella; ¡ya se odia a sí misma lo suficiente! Y el apóstol deja en claro el hecho de que ninguno de nosotros podemos sustraernos de esa lista de gente culpable, cuando dice: “No hago lo que quiero, sino lo que aborrezco” (Romanos 7: 14, 15).

Esa es nuestra condición mientras estamos separados de un Salvador, y esa era la condición de Gail. Así de fuerte es el pecado en nosotros, no importa qué forma tome nuestra adicción. Si Cristo no hubiera venido del cielo para salvarnos, todos nosotros -es decir, toda la raza humana- estaríamos completamente perdidos.

Gracias a Dios que hay excelentes Buenas Nuevas: Las encontramos en Efesios 2: 15: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás”.

León Tolstoi cuenta que un día delante de una cabaña, un niño de pocos años contemplanba una botella entre sus manos, mientras decía:

 

-¿Estarán dentro de esta botella los zapatos, como dice mamá?

Por fin, después de mucho pensarlo, tomó una piedra y rompió la botella; mas al ver que no había nada dentro, espantado por lo que acababa de hacer, rompió a llorar tan fuerte que no oyó el ruido de pasos que se acercaban.

 

-¿Qué es eso?

El pequeño, aterrado al oír la voz, volvió los ojos. ¡Era su padre!

-¿Quién ha roto la botella?- preguntó el padre, de mal humor. -¡Y o!- exclamó el niño sofocado casi por las lágrimas.

-¿Y por qué la has roto?-, continuó el padre.

El niño lo miró. (Algo había en esa voz a lo que él no estaba acostumbrado; algo de compasión que su padre mostraba, quizás por primera vez, al ver aquel pobre ser, inocente y débil, encorvado, doblado casi en su desolación sobre los restos de la botella).

-Y o quería- murmuraba el niño entretanto -ver si había dentro de ella un par de zapatos nuevos… porque los míos están rotos, y mamá no los puede componer… Todos los otros niños tienen zapatos nuevos…

-¿Cómo podrías imaginarte que hubiera dentro de la botella un par de zapatos nuevos?- preguntó nuevamente el padre.

-Es mi mamá quien me lo ha dicho. Siempre que le suplicaba que me comprara un par de zapatos me decía que mis zapatos, mi ropa y muchas otras cosas, estaban en el fondo de esa botella… y yo creía encontrar alguna de esas cosas ahí… pero no lo haré más.

-Está bien, hijo mío -, dijo el padre, poniendo las manos en el cabello ensortijado de su hijo. Después entró en la cabaña, dejando al niño asombrado por su moderación tan fuera de lo común.

Algunos días más tarde el padre entregó al pequeño un paquete, pidiéndole que lo abriera. Al hacerlo, el niño lanzó un grito de alegría.

-¡Zapatos nuevos! ¡Zapatos nuevos!- exclamó. -¿Has recibido otra botella, papá? ¿Estaban dentro de ella?

-No, hijo mío -, contestó él con dulzura, -ya no quiero otra botella; tu madre tenía razón. Todas las cosas se perdían antes en el fondo de la botella; las que he echado en ella no es fácil sacarlas, pero de aquí en más no volveré a hacerlo

Sí, amigo, amiga, de ahora en adelante podemos vivir con la nueva vida que el Señor nos ofrece, una vida de libertad, si gozosamente la aceptamos. -LVE

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