El hombre que quiso alas

By on July 7, 2013

La Voz

¡Cuántas veces, presionados por mil y un problemas y como respondiendo a un deseo íntimo y profundo del corazón, hemos dicho: “¡Oh, quien me diera un par de alas con que pudiera volar!” En realidad, este no es un sentimiento ni un pensamiento nuevo. Cuando el salmista David se hallaba en una situación angustiosa, exclamó: “¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo, y descansaría. Ciertamente huiría lejos; moraría en el desierto. Me apresuraría a escapar del viento borrascoso, de la tempestad” (Salmos 55: 68).

 

En esos días, David estaba viviendo momentos muy amargos. Su propio hijo Absalón trataba de destronarlo y de darle muerte. Solo algunos pocos amigos permanecían de su parte, y aún estos, más que ayudarlo buscaban salvar su propio pellejo. Eran horas de tristeza y de tinieblas; por eso quiso verse libre de ellas. Deseó tener alas para escapar, pero las deseó de paloma. La paloma vuela quietamente, sin aparatosidad y, sin embargo, velozmente. Por eso deseó alas de paloma para apartarse de la lucha y el tumulto.

¡Cuántas veces también nosotros experimentamos ese imposible deseo! Pero ni las alas de paloma ni las de águila pueden alejarnos del dolor y el pesar. La aflicción no depende del lugar, la geografía o el clima. Hallaremos descanso y paz interior cuando, sin tratar de huir, encomendamos a Dios nuestra vida. La paloma que salió del arca en los días del diluvio no halló descanso hasta que regresó. Nuestra arca salvadora es Jesús, y solo en él hallaremos el reposo que nuestra alma inquieta anhela.

A todos aquellos que quisieran tener alas para alejarse de sus problemas, el Señor les dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (S. Mateo 11: 28, 29).

La paloma es el símbolo de la inocencia y de la paz. El Espíritu Santo apareció en forma de paloma en ocasión del bautismo del Salvador. David deseó específicamente alas de paloma porque deseó descanso y paz. Pero las únicas alas que pueden remontarnos por sobre las circunstancias son las de la fe, que nos llevan más allá de las cosas transitorias de la vida.

A veces preguntamos por qué sufre el hombre bueno. Y, podamos o no contestar a esta pregunta, el hecho es que sufre. Hasta el mejor de los creyentes lucha contra las tentaciones y las pruebas. Pero su ventaja reside en que puede tener en su corazón “la paz que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4: 7), la abundante gracia sustentadora de Dios, y la presencia del Señor Jesús, quien dijo: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (S. Mateo 28: 20).

No, amigo lector, no pidamos alas para alejarnos de nuestros problemas. Pidamos, más bien, fuerza y sabiduría para sobrellevar nuestras cargas y para señalar a otros el camino que lleva a la ciudad de Dios; para decirle a quien esté desconcertado: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (S. Juan 1: 29).

Dijo el Salvador: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (S. Juan 16: 33). Y aunque a veces nos hagan desear alas, hasta las propias dificultades y pruebas son excelentes maestros en esta escuela universal.

Decía el apóstol Pablo: “Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5: 35).

 

Recordemos los conocidos versos

de Zorrilla de San Martín:

 

¡No te apenes, viajero, si el camino que [miras

perderse en la distancia, lleno de sombra [está!

¡No te quejes, si hay zarzas que las uñas [te clavan!

¡No llores, si la noche te muestra [oscuridad!

¿No ves que si los fríos del invierno [arrebatan

las hojas enfermizas que arrastra el [vendaval,

renacen cuando llega cantando [primavera?

¿No sientes que, sin sombras, no hay ensueño auroral?

¡Alúmbrete en la noche tu misma fe! [¡No dudes!

¡Mira siempre adelante: no vaciles jamás! Y, sabe, buen viajero, que si hay noche [sombría,

si hay zarzas que te hieren, si hay niebla [que porfía

por detener el curso de tu felicidad. . . ¡hay, también, alborada que te

[anuncia nuevo día,

y luz que te encamina hacia la

[eternidad!

¡Aviva con plegarias tu fe, que es un [escudo!

¡Lleva un fuerte cayado de paciencia. . . [Verás

que, si asciendes con alma de sacrificio [en pos

¡hallarás en la cumbre tu esfuerzo [coronado

por la gloria infinita del abrazo de Dios.

-”No te apenes, viajero. . .”

 

* Water Colour by ArtVenture student Sydney D.

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