Cuando pesa el Corazón

By on May 10, 2013

La Voz

No hace mucho, alguien con quien hablaba me decía: “Estoy cansado de todo. La vida se me ha convertido en una carga y ya no puedo con ella”.

¿Es este un caso aislado? ¿Es esta la única persona en el mundo que se siente en esa condición? Ciertamente no. Hay miles y miles de seres humanos con el alma enferma. Hay millones de personas cuyo espíritu, cuya voluntad de vivir cuelga de un frágil hilo emocional. Tal vez también tú, que estás leyendo este mensaje, alguna vez hayas experimentado esa sensación de vacío existencial que te hace considerar tu vida como algo inútil. ¡Cuántos seres humanos podrían decir:

Hay días en que pesa

el corazón como si fuera plomo, en que ni fuerzas tiene la cabeza de erguirse con aplomo.

Hay días en que el alma

cansada de sentir, pide reposo,

en que el olvido de la eterna calma es un consuelo misericordioso.

Hay días de tristeza sin objeto y lágrimas sin causa;

porque el mal que se sufre es el [secreto

mal de la vida, sin final ni pausa.

Hay días de abandono tan completo, de soledad tan vasta,

que al corazón, a su dolor sujeto

el cariño no basta.

Son los lúcidos días en que la mente de su ilusión piadosa libertada, sufre, inconscientemente,

la atracción de la nada.

-”Hay días”, de Luisa Luisi

 

No hay soledad más espantosa que la que, con demasiada frecuencia, el hombre lleva dentro de sí mismo. Algunos ante ella acuden a las drogas o el alcohol para calmar o ahogar el espanto. En otros casos se trata de un problema orgánico que puede ser ayudado con un antidepresivo recetado por un médico siquiatra.

Pero, cualquiera sea el caso, ¿por qué no probar primero la receta del gran Médico divino? Si hay alguien que comprendió la profundidad del vacío que el pecado produce en el alma humana, fue Jesús. Por eso, sus palabras cobran un singular significado para nosotros. Dijo el Maestro: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (S. Mateo 11: 2830).

Quien responde íntegramente a esta invitación del Maestro entra a un mundo nuevo. Siente que en su alma el hastío se disipa como una bruma, mientras su corazón va llenándose de una vida nueva, de una vida rica y plena, de una vida que tiene un ideal.

Al oír estas palabras, tú quizás digas: “Es verdad. Debiera ir al Maestro, pero tengo antes algunas cosas que arreglar. Más adelante haré mi decisión”. ¿Más adelante? ¡Cuidado! Hay un mundo de peligro y una eternidad de perdición en esas dos palabritas.

Un cirujano famoso realizó ante sus alumnos una operación muy difícil. El resultado fue todo un éxito en lo que respecta a su ejecución, pero cuando terminó, se volvió hacia la clase y dijo: “Hace seis años una forma adecuada de vivir podría haber prevenido esta enfermedad. Hace dos, podría haberla curado una segura y sencilla cirugía. Ahora hemos hecho lo mejor que podíamos dentro del estado en que está el caso. Pero será la naturaleza quien diga la última palabra. Ella no siempre revoca su sentencia capital”. Al día siguiente el enfermo moría como resultado de su demora en ir al médico.

Así ocurre con la salvación. Cuando oímos la voz del Señor que -como en este momento y a través de este mensaje- nos habla directamente, y nos invita a ir a él y a gozar del descanso y la paz que nos ofrece, y no lo hacemos, cuando se repite esto una vez y otra, a medida que insistimos en nuestra indiferencia nuestro corazón, nuestra conciencia, va haciéndose cada vez más insensible al llamamiento del Señor. Y puede llegar el momento en que, aunque el Señor hable, no lo sentiremos ni lo entenderemos. Se habrá producido el vacío total en nuestro corazón; lo que las Sagradas Escrituras llaman el pecado contra el Espíritu Santo. El único que no puede tener perdón.

Amigo, amiga, acude a Cristo hoy mismo y se aplicarán a ti las siguientes palabras:

Y si es larga la ruta que te espera

y si golpes te guarda tu camino, también tú, como el noble peregrino que alimenta en el alma una quimera, sé poeta y vidente a tu manera,

y al labrar con tus actos tu destino,

sé zorzal que engalana con su trino la ardua senda que el mundo le [ofreciera.

Y en las ásperas rutas de la vida

no reniegues jamás de tu partida, mas envuelve tu senda en áurea luz; y haz que al fin como un cíclope [glorioso,

tu llegar sea un hecho victorioso que señale otro triunfo de la cruz.

-”Soneto”, de Braulio Pérez Marcio

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