Cuando estamos solos

By on September 13, 2013

La Voz

London, ON.- Hoy día el mundo es un lugar urbanizado. Multitudes se apretujan en espacios reducidos, en las calles y viviendas de las ciudades, así como en los medios públicos de transporte. Por todo el mundo proliferan las megalópolis de cinco, diez o hasta veinte millones de habitantes. Al parecer, es cada vez más difícil escapar de la compañía de nuestros semejantes.

Sin embargo, y como una paradoja misteriosa, la urbanización ha traído consigo un aumento proporcional de la cantidad de gente que se queja de soledad y que, como consecuencia, sufre los efectos de la depresión; o procura combatir la soledad por medio de actividades potencialmente destructivas.

Se dice que actualmente las personas que sufren de depresión y las diversas enfermedades derivadas de ella, ocupan una buena cantidad de las camas de los hospitales. Es necesario, entonces, que aprendamos a combatir la soledad para preservar nuestra salud, tanto emocional como física.

Digamos, en primer lugar y a manera de definición del problema, que la soledad implica la separación de nuestros semejantes, el aislamiento físico, social o puramente emocional. Así pues, muchas personas se sienten solas, a pesar de estar casadas, por ejemplo. Es decir, estos individuos se sienten separados del cónyuge y de los demás miembros de la familia. Su aislamiento es emocional y no social o físico.

La soledad que deprime es la que no parece tener solución, y de la cual nos culpamos a nosotros mismos, muchas veces a un nivel enteramente inconsciente. La esposa que pierde a su cónyuge debido a un ataque al corazón y se convence a sí misma de que si hubiera sido más cuidadosa en sus propios deberes la tragedia no habría sucedido, es una candidata segura a la depresión. Piensa que si tan solo le hubiera insistido más para que dejara de fumar, su esposo estaría vivo hoy. O si no hubiera cocinado con tanta sal, o grasa, no se habría enfermado. En ciertos casos, es evidente que estos pensamientos se justifican. Pero lo que nos deprime aún más que los sentimientos de culpa es nuestra impotencia para cambiar la realidad.

Si en nuestra vida pasamos por circunstancias difíciles o amargas, si sentimos que a nuestro alrededor se levantan barreras que nos separan de nuestros semejantes, no permitamos que la depresión se apodere de nosotros. Al evaluar nuestra participación en el problema, que no sea con el fin de sentirnos culpables, sino para decidir qué conducta es la mejor para eliminar la dificultad. Aprendamos a desarrollar hacia nosotros mismos una actitud de aceptación benévola pero realista, a imitación de Dios. Si queremos tener amigos, preparémonos para abrir nuestra vida en dirección a nuestros semejantes.

Amiga, amigo lector, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, sabe lo que significa sentirse solo, despreciado y desechado. En nuestra soledad nos ofrece tiernamente su propia compañía. Hagamos nuestra la promesa que él hace a todo creyente, por medio del profeta Isaías: “No temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa” (Isaías 41: 10).

Pensemos en el privilegio que significa para nosotros tener por compañero de vida a nuestro maravilloso Salvador, Dios con nosotros. Si aceptamos su compañía, la soledad no logrará sumirnos en la depresión.

El término “compañero”, derivado de “compañía”, tiene un profundo e infinito significado. Viene de los vocablos latinos cum y panis, que significan literalmente, “con pan”. Es decir, un compañero es alguien que comparte nuestro pan, o comparte su pan con nosotros. Por extensión, una “compañía”, es “un grupo que comparte el pan”. Este es el secreto de quienes han soportado las mayores pruebas sin desmayar ni dejarse arrastrar por la depresión.

Amigo, amiga, acepta hoy a Jesucristo como tu constante amigo y compañero. Por medio de su Santo Espíritu entrará a tu hogar y partirá contigo su pan celestial y, si se lo permites, vivirá contigo cada día de tu vida y la soledad nunca más llenará tu alma de temor. Al contrario, te convertirás en auxilio de otros que sufren sin esperanza, y tu vida resplandecerá, llena del perfecto amor celestial.

 

Digamos con el poeta:

 

Entra, Señor, el día ya declina;

el astro rey hacia el ocaso inclina

su brillante fulgor;

No pases adelante, que anochece;

toma un descanso que el amor te

[ofrece. . .

¡Entra en casa, Señor!

 

Entra en casa, Señor de los señores,

y verás a tus pies sus moradores.

¡Quédate alegre aquí!

En este hogar seguro pon tu planta;

no nos prives, Señor, de dicha tanta.

¡Suspiramos por ti!

 

Entra en casa, Señor, y si cerradas

hallas tantas moradas,

que un asilo a su Dios quieren negar.

Olvida entre nosotros su desvío;

mientras tengamos casa, ¡Jesús mío!

Tú tendrás un hogar.

 

-”Entra, Señor”, de autor anonimo.

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