Con el dedo sobra la tierra

By on February 8, 2013

La Voz

London, ON.- Solamente un pasaje bíblico habla de Jesucristo confirmando su palabra por escrito. Lo encontramos en los primeros versículos del capítulo ocho del Evangelio según San Juan. Durante su ministerio, Jesús habló muchas veces para enseñar y consolar a la gente, y asegurarle la salud y el perdón. Pero en la ocasión mencionada, encontramos al Maestro escribiendo un mensaje de muchísima importancia.
Siglos antes, en el monte Sinaí, el dedo de Dios había escrito su Ley sobre tablas de piedra. Ahora, el mismo Hijo de Dios extendió su diestra sobre el polvo de la tierra. ¿Qué grabó sobre esa pizarra excepcional? No sabemos, pero podemos deducir que lo hizo pausada y lentamente. . . como para dar tiempo a que se desarrollara el drama que tendría lugar.
Según el pasaje bíblico, Jesús escribía inclinado sobre el suelo. Allí estaba, rodeado por un grupo de hombres iracundos, que por su rango y ocupaciones deberían haber sido exponentes de amor y rectitud. Sin embargo, no perdían oportunidad para vomitar el odio y la envidia que los llenaba. Sus dedos acusadores apuntaban hacia una pobre víctima del pecado que habían arrastrado ante la presencia de Cristo. Este grupo había sorprendido a una mujer en una situación muy grave y la llevaron ante el Maestro para que recibiera su castigo definitivo.
El texto sagrado lo expone de la siguiente manera, cuando los acusadores llegaron frente a Jesús y dijeron:
-Maestro, a esta mujer se le ha sorprendido en el acto mismo de adulterio. En la ley Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Tú qué dices?
Resultan evidentes la perfidia y la malicia de los acusadores. Trataron de tender a Jesús una perversa trampa, para tener alguna excusa y acusarlo. No admitían su inmensurable justicia y abnegación; recurrían a cualquier cosa con el objetivo de librarse de él. Interpretando torcidamente la ley, procuraron que sancionara el apedreamiento de una mujer pecadora.
Los maestros y fariseos razonaban que si Jesús absolvía a la mujer, aparecería públicamente como transgresor de la ley de Moisés. Pero si la condenaba, tendrían un motivo para acusarlo de usurpar los derechos y la autoridad de los gobernantes romanos. Creían que, no importara cuál fuera su decisión, Cristo quedaría desprestigiado. ¡En cambio, cuán distintos fueron los acontecimientos!
Mientras permanecían en pie los acusadores, Jesús, inclinado, se puso a escribir con el dedo en el suelo. Sin atender a ese grupo de hombres, con sobrehumana serenidad escribió sobre el polvo. Pero, ¿qué fue lo que escribió? Una interpretación tradicional dice que Cristo anotaba el nombre de los principales acusadores, y escribía el pecado secreto de cada uno.
Con todo, ellos no dejaron de hostigar a Jesús con preguntas, hasta que finalmente se levantó y respondió: -Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
La escena cambió por completo. El único justo, completamente exento de pecado, se levantó para mirar de frente a los acusadores que, inmediatamente comprendieron estar ante el ver dadero Juez, que conocía y discernía las intenciones más íntimas del corazón. Sus palabras fueron terminantes.
Sin duda, para la aturdida mujer también esa frase constituyó una sentencia de muerte. Como despojo humano se resignó al martirio, pero nadie le lanzó alguna piedra. La sabia respuesta de Cristo constituía un desafío imposible de superar. Entonces, los acusadores se sintieron acusados y la tormenta, no ya del odio sino del remordimiento, empezó a sacudirlos. Después de todo, ¿qué derecho tenían ellos de señalar a alguien, siendo que ellos mismos estaban manchados de pecado? Jesús, en cambio, inclinándose de nuevo hacia el suelo continuó escribiendo con el dedo.
Poco a poco aquellos hombres se retiraron, desde el más viejo hasta el más joven, hasta que Cristo quedó solo con la mujer, que permaneció inmóvil. Entonces, él se incorporó y le preguntó:
-Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado? -Señor, ninguno-, dijo ella. -Ni yo te condeno. Vete, y no peques más- le dijo Jesús.
Con esas palabras, el Maestro puso fin al asunto. Había triunfado el amor sobre el odio. El gran pastor de las almas rescató a una oveja perdida.
Amigo, amiga, así como el Señor Jesús se levantó para absolver a la mujer pecadora y la animó a andar por la senda de la rectitud, también hoy él te ofrece a ti su compañía y su santo perdón. Recuerda que la base de todo perdón se encuentra en el amor inmerecido de Dios. ¿Aceptarás ese perdón hoy? Hazlo ahora mismo y tu vida cambiará para siempre. LVE

 

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