Campesinos y marcados por la guerra, así son los rostros de las FARC

By on September 30, 2016

Vienen de toda Colombia, la mayoría son campesinos, algunos indígenas y otros de raza negra, pero todos los guerrilleros de las FARC tienen algo en común: le han puesto la cara a la guerra y se les ha quedado marcada en el rostro.


“La guerra para mí significa miedo. El temor de algún día tener que morirme”, dijo a Efe “Esnáider”, un guerrillero que a sus 18 años habla con necesidad de la cercana paz: “Mi esperanza es ver a las personas sonreír”.
Los rebeldes temen más a un micrófono que a un fusil o un bombardeo y cuesta explicarles que fuera de sus campamentos hay gente que quiere escuchar sus palabras.
Muchos se explican con la dificultad del que apenas ha tenido ocasión de ir a la escuela y se acunan en el discurso que han aprendido: “¿Por qué tenemos que estar divididos por una lucha de clases?”, se pregunta tímido “Anderson”, de 24 años.
Él no es el único que toma prestadas palabras de las sesiones de formación política, muchos reiteran que luchan por el pueblo o para mejorar el país.
Cuesta que lo afirmen en voz alta, pero reconocen lo que todo ser humano intuye como natural. “La guerra para mí es un temor”, agrega “Anderson” con sombras en una mirada temerosa que cuesta imaginar en medio de un combate o en las marchas por la abrupta geografía colombiana.
“La guerra es una cosa que es muy difícil porque es a muerte. Es muy dura para cada uno de nosotros y para todo el pueblo”, apostilla “Alexis”, de rasgos indígenas y apenas 25 años, 8 de ellos en las FARC.
Sin embargo, les resulta casi imposible mantener ese discurso y es necesario hacer preguntas directas para que afloren las palabras; es como si quisieran evitar mencionar a la muerte que es el día a día de un conflicto armado que comenzó hace 52 años y que está a punto de concluir.
“La guerra ha sido algo muy extremista, fuera de lo normal. La guerra ha sido lo peor”, dice “Jineth”, de 19 años que, como sus compañeras, posa coqueta cuando tiene una cámara delante.
Esa es otra constante en las FARC, la guerra hace que vivan en condiciones extremas, con caminatas a uno y otro lado pero las mujeres que integran las guerrilla guardan momentos para cuidar su aspecto.
Es frecuente verlas con el cabello teñido, pendientes en las orejas y complementos como pañuelos o diademas que chocan con sus uniformes y fusiles.
Con “Jineth” coincide “Jazblei”, una veterana de guerra a sus 30 años, para quien lo único que ha generado la guerra es “exclusión, odio y mucho egoísmo”.
“Ha destruido la vida de muchos colombianos”, destaca. Luego, presumida, se acomoda un mechón de su cabello.
Para ellas no es machista asumir ese rol mientras que sus compañeros de armas hacen comentarios de arrogancia guerrera, forma parte también de su rutina.
“La guerra no es para muchos, sino para machos”, se escucha decir en los campamentos de las FARC.
Todos esperan con ansiedad la paz y ya casi pueden tocarla con los dedos.
En el campamento en que se encuentran, en los Llanos del Yarí, un corredor natural entre los departamentos del Meta y Caquetá, se reúne la Décima Conferencia Nacional de las FARC en la que ratificarán el acuerdo de paz rubricado con el Gobierno colombiano el pasado 24 de agosto.
El 26 de septiembre ese acuerdo se firmará en un acto oficial en Cartagena de Indias que será acompañado con una gran fiesta guerrillera en el Yarí. Aún quedará un último paso, el plebiscito del 2 de octubre, en el que los colombianos deben ratificarlo.
Mientras tanto, todos los guerrilleros buscan aprender y prepararse para ese futuro cercano en el que muchos volverán al entorno rural que abandonaron.
Así lo considera “Nancy”, de 22 años, que quiere terminar la enfermería que aprendió en la guerrilla.
“Espero que todo sea color de rosa y nunca vamos a volver a la guerra”, dice “Lina Marcela”, de 27 años, con la ilusión de verse ya sin fusil.
“La paz es algo muy hermoso donde todos estemos unidos y haya equidad”, le añade “Enilsen”, que a sus 32 se está reconvirtiendo en fotógrafa.
Sus sueños y esperanzas giran mucho más allá, todos ellos ya se ven de vuelta en sus lugares natales, aunque les cueste decirlo, comiendo con sus familias y formando las suyas propias.
También colaborando con la formación política en que se transformen, otra de sus esperanzas a la que acuden sin ambición, según reconocen con palabras también prestadas.
Si se cumplen o no, si se reintegran a la vida civil sin estigmas es algo que también se quedará en sus rostros.

Gonzalo Domínguez Loeda

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