“2001: Una odisea del espacio”, 50 años del estreno de una epopeya metafísica

By on April 5, 2018

Para algunos es la más asombrosa epopeya metafísica de la historia del cine; para otros, quizá solo es un ejercicio de petulante narcisismo. Para todos, “2001: Una odisea del espacio” es una obra fascinante, tan compleja y polisémica hoy como cuando se estrenó, hace ahora 50 años.


Solo un genial narcisista, un excéntrico manierista del cine, un autor, en toda la extensión de la palabra, como Stanley Kubrick (1928-1999), podía convertir en imágenes una historia tan compleja como esta, basada (con ciertas licencias) en el relato “El centinela”, de Arthur C. Clark, quien, asimismo, fue coguionista junto al director.
Preestrenada el 2 de abril de 1968 en Washington y expuesta en salas en Nueva York un día después (según la web especializada IMDb) y galardonada con el Óscar a los mejores efectos visuales y 3 BAFTA (mejor fotografía, mejor sonido y mejor diseño de producción), “2001” conduce, en sus 143 minutos de duración, al espectador a una reflexión metafísica, que arranca hace 4 millones de años.
En ese momento sucede “El amanecer del hombre”, como se titula la primera parte del filme, que se rodó, entre otros lugares, en el desierto de Tabernas (Almería, España), o en el Monument Valley (Utah y Arizona, Estados Unidos), según el mismo portal.
Ya es un icono de la historia del Séptimo Arte la secuencia en la que un grupo de homínidos descubre, en un desierto atizado por vientos furiosos, un objeto fascinante, una piedra de color negro, con forma de paralelepípedo, perfectamente pulimentada.
Esos homínidos se acercan al “monolito” (cuyo significado profundo es otro de los grandes enigmas de la película y, tal vez, de la historia del cine) y lo contemplan con una mezcla de curiosidad y temor reverencial mientras el sol sale por encima y lo ilumina.
Aparentemente, no ha ocurrido nada y, sin embargo, ha sucedido todo: el homínido, uno de ellos, descubre, casi sin darse cuenta, que un hueso (un fémur en concreto) es algo más que una cosa recubierta de carne que se roe hasta dejarla monda.
Un hueso se convierte de pronto en una herramienta para triturar, para machacar, para pulverizar. Y también para matar. Es un salto evolutivo gigantesco y dramático.
Y todo ello perfectamente subrayado por la música del poema sinfónico de Richard Strauss “Así habló Zaratustra”, a su vez obra capital del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, cuyo planteamiento, basado en la evolución del mono al “superhombre”, con el hombre como nexo casi antagónico entre ambos, es un elemento sustantivo de este filme.
Por ello, ese homínido lanza al aire el hueso y tiene lugar entonces lo que los críticos han denominado “la más grande elipsis narrativa de la historia del cine”, un salto de 4 millones de años que nos traslada a 1999, a una nave espacial que viaja de la Tierra a la Luna y hace escala en una estación espacial.
En esa estación espacial, formada por dos gigantescas ruedas unidas por una especie de cilindro (otro de los inolvidables iconos de la película) se posa la nave en la que viaja el doctor Heywood Floyd (William Sylvester) tras una maniobra de aproximación convertida en una suerte de ballet cósmico con la música de “El Danubio azul”, de Johann Strauss.
En unión de otros científicos, el doctor Floyd baja a unas excavaciones en la superficie lunar donde se ha encontrado un monolito negro, perfectamente pulimentado y en forma de paralelepípedo. Al recibir los rayos del sol, comienza a emitir una señal acústica muy aguda que los deja aturdidos.
Dos años más tarde, en 2001, una expedición viaja a Júpiter integrada por cinco astronautas, tres en estado de hibernación y dos despiertos -los doctores Dave Bowman (Keir Dullea) y Frank Poole (Gary Lockwood)- y un supercomputador llamado HAL 9000, el tercer mito icónico de la película.
HAL 9000 es el verdadero “factotum” de la expedición. De él depende casi todo, incluso que el viaje tenga éxito o no. Su inteligencia es cada vez menos artificial y progresivamente más “natural”. Pero solo es una máquina.
Y esa es la clave que quiere mostrarnos Kubrick: romper con la máquina, desprogramarla.
Un enorme dilema, pues HAL 9000 implora que no lo desprogramen. Pero es necesario hacerlo para poder llegar a Júpiter, es decir, para poder alcanzar el estado de “superhombre”, el renacimiento de un nuevo ser, casi embrionario, que nace al encuentro de la Tierra, como dice Nietzsche en su libro.

Fernando Prieto Arellano

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